La Movida de los Parches
Creado por RaizAfro • Sep 19th, 2009 • Categoría: Medios de Comunicación
Siempre hubo en la música argentina un fondo de tambores, pero la influencia de Internet, la nueva inmigración africana y la sacudida cultural que en general representa la globalización pusieron en primer plano a los maestros de la percusión. Y el rumor se oye por la calle.
Nadie sabe lo que pasó con exactitud. Pero algo pasó, sin dudas. La percusión palpita entre los porteños. Son tambores que resuenan como llamados. En la musicalidad de Buenos Aires ya retumban cueros, en algún momento forasteros, como lo hace un melancólico sollozo de bandoneón. Teorías al respecto del surgimiento de la movida tamborera, miles. Los percusionistas, en plan nostálgico, recuerdan un día que podría explicarlo todo. Cuando las murgas ganaron de nuevo las calles. Una noche de febrero de 1997, la primera tras años de prohibición –vigente desde la última dictadura militar–, en la que volvía el carnaval porteño por decreto municipal. Fue un primer paso. Parecía volar una idea, un sonido. No eran ruidos Murgeros –bum bum tapabum–, sino más bien influencias de otras culturas. Las primeras formaciones que empezaron a verse fueron Batucadas – son los grupos de tambores típicos de Brasil – desfilando por avenidas. Un, dos, tres, va.
Repiqueteos variados fueron desembarcando desde tierras lejanas y adoptando el color local. Palos, manos, dedos empezaron a no poder contenerse. Buenos Aires subió el nivel y el número de percusionistas gracias a esta incontinencia. Candombe, brasilero, notas afro, cubano, rock, jazz o funk. La escuela es importada. Los viajes, Internet y la llegada de africanos son ingredientes en este cóctel para una ciudad que siempre vivió de mezcolanzas.
Muchos músicos dejaron la batería y emprendieron el camino de los bombos Zurdos de Brasil –como los del grupo Olodum, de armazón de metal y parche plástico–. Dejaron sus manos libres y golpearon hasta sangrar bongos y timbales caribeños. Se formaron callos y golpearon Djembés, maderas huecas de algún árbol con cuero de un animal tensado. Algún Tabla –típico sonido de la percusión de la India tocada con dedos–, que se había escuchado en algún disco de Los Beatles. Se incorporaron como si nada pasara. Ocupando un espacio vacío. O, al menos, no tan explorado.
Otros bombos, otros ámbitos
Es una miscelánea de gente, donde la onda neo hippie predomina por sobre otras. Es también una gran atracción para turistas gringos, oficinistas en after, chetitas superproducidas, limados y de esos que ni fu ni fa; que simplemente están. En la esquina de Corrientes y Jean Jaures, Pitu se pega el celular al oído. Se llama Mariana, en realidad. Con el celu en mano, se acomoda el pelo y la bincha de hilo. Anda de campera verde, pollera a cuadros, medias largas multicolores y zapatillas, tipo botita, de lona negra. Es bajita. Medirá metro y medio.
–Hola. ¿Cómo va nena? ¿Venís a ver a la Bomba? Yo estoy acá con los chicos. Dale. Ok, chau.
Cortó. Los tres doblan en dirección a la calle Sarmiento. Su destino: la ciudad cultural Konex, una ex–fábrica aceitera abandonada. Es lunes y la tarde se va despidiendo. Toca La Bomba de Tiempo, el grupo de percusión del momento. La cola para entrar sorprende a primera vista. Los vecinos están acostumbrados a tanta gente. Se huele la juventud. La fila avanza tres pasos, se detienen un minuto y vuelven a avanzar. Pitu y sus amigos todos los lunes están ahí, confesos amantes de la percusión. Desde 2006, aseguran, cuando La bomba abrió al público sus ensayos. “Al principio éramos pocos. Yo vivo a cuatro cuadras y me enteré por una amiga –recuerda la pequeña Mariana–.
Ahora es increíble lo que pasa. No sé cómo fue, se fue dando así. Es una fiesta total. Venimos a bailar, a divertirnos, seguir la joda del finde. Es música que te hace mover. Es como lo pensó Santi, supongo”. Pitu se pierde entre el enjambre de personas. El tal Santi que nombró Mariana es Santiago Vázquez, percusionista y gestor ideológico de este boom. Es uno de los exponentes de una nueva camada de músicos experimentales.
Trabajó con Pedro Aznar, Luis Salinas y Lito Vitale en distintos proyectos como sesionista, productor o arreglador. Santiago –nacido en Buenos Aires en 1972– estudió música en España, y su actividad profesional como baterista y percusionista empezó en Argentina a los catorce años. Hace música para bailar pero con conceptos de la música más erudita. Siempre soñó con tener un grupo grande de percusión. Lo logró. Lo dirige. Bum bum bum busca una cadencia como la de la salsa, la del funk o el rock. Su idea es simple: hacer bailar. Tum tum tum. En su búsqueda Vázquez eligió a los candidatos que consideraba más aptos, y pensó que eso era una bomba de tiempo. Epa, un nombre contundente, pensó. Que explote nomás. El público, en trance, se mueve como mareas. Ojos cerrados, miradas al cielo –o al piso, depende de la habilidad o la locura del bailarín–, cabezas que se menean, cinturas que se quiebran y oídos atentos. Todo aderezado, como corresponde a un bailongo, con ríos de cerveza y fernet. Nubes de humo hacen que el tiempo corra más lento. Hay un solo, excelente, que congela las miradas. Qué grande Cheihk, se murmura entre las filas de los más fanáticos que ya junan al morochón.
Tenés calor, tocá el tambor
Las ofertas parecen una picadita completa. Aparecen por aquí –plup–, se mueven para allá –plap–. No hay un mapa estático. Pero si uno busca en la ciudad, encuentra. No importa la época del año. Si se quiere bailar un lunes, La Bomba en el Konex (Sarmiento 3131), de una. Un martes se puede mover el cuerpo en Espacio Verde (Scalabrini Ortiz 239). Los viernes en el Club Fénix (Concepción Arenal 3560) no está mal el show de Tumbalatá. Tampoco el ensayo abierto que hacen en La Castorera los sábados a la tarde (Córdoba 6237). Se mezclan tambores, vientos y voces. Treinta músicos con veintena de bailarinas, con una mezcla de géneros. Onda Herbie Hancock con una base de zamba. Baires es pasto seco, prende al toque. Hay todo tipo de propuestas e historias.
La mayoría lo hace a pulmón. Por eso, muchos grupos independientes –la mayoría lo son– optan por hacerse unos pesos tocando en fiestas o casamientos y así poder alquilar un lugar para actuar. Pasar la gorra por presentaciones callejeras, reconoce Pablo Belmes del grupo Rataplan de 26 años, es otra manera de recaudar. El grupo del cual es parte Pablo tuvo su casa cultural propia en la calle Giribone –sueño de todo grupo–, pero los desalojaron. Hoy, tiene fechas cerradas hasta fin de año en el centro argentino de Teatro Ciego (Zelaya 3006), donde arman un show experimental, completamente a oscuras, en el sótano del lugar.
En la calle Estado de Israel al 4000 ensaya la Orquesta Amarilla de Dani Mele –pongan Daniel Mele en You Tube para verlo en acción-, un alquimista de las tumbadoras. Es mejor que ir al psicólogo, confiesa este veterano del rubro, es un acercamiento más a lo étnico y se da porque la tecnología cansa, te da información pero es insensible. La percusión, al contrario, es visceral.
Así también lo siente Mariana Baraj, morocha de profundos ojos oscuros, y percusionista de moda por su estilo con algo de jazzera encima. En el palo del rock, colaboró con grupos como Man Ray y Catupecu Machu, mientras que en folclore acompañó a Teresa Parodi. Con el tiempo, su belleza llena de ritmo, sintió que el folclore fue tomando más peso en su elección. Se copó con ese lado, lo demuestran sus shows. Con bombo legüero, la caja vidalera y las sayas, Baraj matizó el aire de la última presentación de la colección del diseñador Martín Churba, que la invitó a tocar.
En San Telmo se hace, todos los seis de diciembre, “La llamada” a tambores de candombe uruguayo, que arrancan en el parque Lezama y desfilan por la calle Defensa. Joven tradición de los últimos tres años. Es todo un rito, como es para los vecinos de Barracas escuchar, todos los sábados a la tarde, los sonidos de los instrumentos construidos en el taller propio del Centro Cultural “Movimiento Afrocultura” (Herrera 313). En la parte hollywoodense de Palermo (Guatemala 5621) anda el grupo Sieteoctavos con talleres para la inclusión social de chicos con capacidades diferentes.
Retumbando en el aire
Cheihk casi no se mueve. Es flaco, alto, nariz ancha y cortas rastas de pelo mota. Senegalés de nacimiento es oscuro como ébano, estaba recordando sus primeros días en Argentina. Llegó legalmente en 2006 en un avión desde España. Aquel día se cumplían 13 años desde que disfrutó por última vez de las celestes olas del oeste africano. Todos los días Cheihk recorre centros culturales de Villa del Parque, Paternal y Chacarita. Allí es donde un grupo de no menos de treinta chicas y chicos argentinos aprenden con él. Miércoles, 19:30, Cheihk está parado en la vereda de un alto edificio, al lado de la estación Chacarita. Entrando, se voltea cuando se le acerca una chica.
–Hola negro, amigo.
–Hola Blanca –saluda, mientras pisa la colilla del cigarrillo, a una de las tres bailarinas de su propio grupo de percusión.
Cheihk comanda a siete personas. Suben seis pisos por escalera. Cuesta arriba charlan mientras encaran el último tramo del ascenso.
–En mi país los tambores los vemos como algo para disfrutar. Nos gusta tocar, bailar como a ustedes. El arte no es solo africano tribal, solo tenés que aprender y ya sos parte. Cualquiera puede hacerlo. Paciencia y disciplina. Cheihk acomoda los tambores en ronda. El eco hace repicar su voz grave contra las paredes más lejanas. Cada palabra parece que se arranca desde lo más bajo de sus pulmones, con una sonoridad casi somnífera. Su parsimonia desorienta.
Cheihk cree que la cultura africana está más fuerte acá que en Senegal: “Acá se toca más que allá”. Comienza el ensayo. Cheihk se olvida de todo. El tiempo pasa, vuela. Tuc tac tuc tac.
Se apaga la jornada de lunes, otra vez. Los brazos fibrosos no paran de golpear. Bam bam bam. Es el negro de la bomba. Se llama Cheihk. Alguien arenga como diciendo que para bailar la bomba se necesita un poquito de gracia y arriba y arriba. Todos bailan y aplauden.
Fuente: Revista C Nº81 (Diario Crítica) del 03 de Septiembre de 2009.
Textos: Nicolás E. Peralta
Fotos: Luis Maria Herr, Patricio Pidal, Claudio Herdener, Diego Sandstede
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