Vivenciando la celebración de los sentidos
Creado por Dario La Vega • Mar 12th, 2010 • Categoría: Ideas & Opinión, Religión
Quien alguna vez asistió a un ritual de Kimbanda sabe que raya, a veces, con la estética de una fiesta. Poca luz, mucho humo, danza, música, risas… Aunque un acto religioso, mayormente, es tomado como una celebración, ésta en particular tiene características que podrían confundir a cualquier distraído –o malintencionado. Pero, tal es el caso, una Kimbanda que celebra un nuevo aniversario del Exú del dueño de casa, es realmente una fiesta.
Siendo convidado por Bàbá Oyawanjó para asistir a la celebración del vigésimo primer aniversario de Seu Tirirí, su Exú tutelar, fui testigo presencial de un señero ritual de Kimbanda. A todos aquellos que alguna vez hemos participado de una celebración de esas características, nos es muy difícil intentar explicar lo que uno llega a vivenciar durante ese lapso de tiempo en donde los sentidos se exacerban hasta el culmen. Porque estar dentro de un ritual de Kimbanda es, por poco, estar bajo el gobierno de los sentidos. Todos y cada uno de ellos se colman de tanta información a procesar que por momentos interactúan de una tal manera que sólo experimentándolos se lograrían comprender.
La celebración, en realidad, había comenzado unos días antes, con la realización de los rituales y presentación de ofrendas pertinentes al Exú. Bajo secreto ritual, se realizó una ceremonia en donde sólo pueden participar los iniciados y donde suceden, quizás, los aspectos más importantes. El sábado, en este caso, se hizo el festejo para el pueblo, la presentación en sociedad de la celebración privada realizada días antes.
Los preparativos comienzan temprano, casi por la mañana, con la elaboración de las comidas realizadas con lo ofrendado previamente. Hierbas, frutas, semillas, carnes y demás alimentos que habían sido ofrendados a Exú, hoy eran parte de los alimentos -por ende, sagrados- que serían servidos a los festejantes y festejados durante la noche.
Ya cerca de la medianoche, y con los invitados prestos a comenzar, se inició la ceremonia dentro de un clima que mixturaba emoción, alegría, religiosidad y celebración. Primero fue la apertura de la ceremonia, para luego dar paso al momento más preponderante -para mí- y más controversial -para otros-, la llegada de lo incorpóreo a la materia. El momento en el que, según el propio Oyawanjó, “se estrecha en su máxima expresión el vínculo entre los seres inmateriales venerados y el adorador escogido para su manifestación material.”
Y así llegaron el estrépito de los tambores, los puntos cantados, el humo del cigarrillo, el movimiento de los cuerpos. Esos mismos cuerpos que se celebran para celebrar al hombre, ese hombre tan contradictorio como Exú.
Luego de ya estar “en tierra” todos los Exús y Pomba-giras, de haber saludado al homenajeado y después de haber cantado, danzado, bebido, fumado y “trabajado”, se realizo un intervalo para que los hijos de la casa de religión pudieran servir las comidas consagradas a los asistentes. Porque lo ofrendado debe ser compartido.
Pasaron varios minutos, más de treinta seguramente, hasta que finalizó de servirse a todos los presentes y, como en toda fiesta con un impasse tan largo, parecía que la celebración estaba llegando a su fin. Ya habían pasado varias horas desde el comienzo y los presentes empezaban a dar sus obsequios al festejado (ron, puros y hasta una placa conmemorativa de la celebración), por lo que era lógico pronosticar que la noche estaba cerca de finalizar. Pero no, la ceremonia re-comenzó con más ímpetu y una alegría mayor. La celebración ya dejaba casi de lado el margen puramente religioso, para convertirse en un jubiloso festejo. Los puntos cantados dejaban de tener preeminencia en el repertorio y eran suplantados por sambas y boêmias. Tal es así, que se comentaba entre los asistentes que les parecía estar en un terreiro carioca y no en uno platense. Claro, en mi sorpresa por ese reanudar de la fiesta, olvidaba que Exú es, entre otras cosas, justamente eso: flujo, movimiento, inicio y, porqué no, re-inicio.
La realidad es que esa noche la “realidad” nos fue ajena. ¿A qué hora terminó? ¿Cuántas horas perduró? ¿Cuándo pasó? No lo sé. Son cuestiones de tiempo, que nada tienen que ver con lo que viví esa noche.
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